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#7 Abril - Mayo 2003
Año II •  Número 7
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Genio del psicoanálisis *
Por Jacques-Alain Miller [ 1 ]

Jacques-Alain Miller es psicoanalista, miembro de L'Ecole de la Cause Freudienne y jefe del Departamento de Psicoanálisis de la Universidad de París VIII.

 
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Dominique Gromez, fotógrafa.

Hay una noción que parece funda­mental para decir de alguien que es un genio: la invención. El genio como invención encuentra su forma en la del juicio estéti­co de Kant. No imita y por eso, al mismo tiempo, es un ejemplo para los otros. Es lo que ocurre con Freud. Hay un momento Freud, un antes y un después de este momento.

 

Un genio no sabe cómo sus ideas se encuentran en él, es un lugar donde se producen cosas sin que el sujeto pueda decir cómo se producen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es un chiste. Es un chiste expresar que un analista pueda ser un genio. Es un hecho de experiencia –podemos decirlo con seguridad– que los analistas no son genios. En verdad, en el aná­lisis es el analizante el que tiene vocación de genio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Podemos decir con seguridad que para Freud la condición del genio del psicoanálisis es la ausencia del genio del analista y que la IPA es, actualmente, una Asociación para mantener la ausencia de genio en el psicoanálisis. Lacan decía a este respecto que la única misión de la Asociación Americana es obtener cien analistas mediocres, carentes de genio. Hay razones de estructu­ra para ello.

Lo que define al genio de Freud, es su invención, el psicoanálisis, que ataca el punto de absoluta densidad del sujeto, del cogito cartesiano, priorizando el chiste, el lapsus, el acto fallido.

En esta conferencia pronunciada en Santiago de Compostela, Miller plantea que después de Lacan, el genio del psicoanálisis radica en el objeto a como símbolo paradójico de ese goce que carece de símbolo, que resiste en el discurso.

 

Hubo en la Antigüedad una experiencia muy particular, la experiencia llamada del daimon, término griego, o del Genius, su correspondiente latino. Es una experiencia que puede leerse en Sócrates. Se trata de la relación de Sócrates con una instancia que él llamaba daimon, una supuesta instancia que decide el destino peculiar de cada persona, instancia con la que tenemos relaciones. Ese daimon. ¿Qué es ahora? ¿Ha desapa­recido o se conserva en la práctica del psicoanálisis?

Hay un genio del psicoanálisis, un solo genio que se llama Freud y que es reconocido como tal por los psicoanalistas y en el campo de la cultura.

 
Genio, gusto y matema

¿Fue Freud un genio? Hay una noción que parece funda­mental para decir de alguien que es un genio: la invención. El genio como invención encuentra su forma en la del juicio estéti­co de Kant. No imita y por eso, al mismo tiempo, es un ejemplo para los otros. Es lo que ocurre con Freud. Hay un momento Freud, un antes y un después de este momento. Existen esfuer­zos para deducir a Freud del campo de la cultura de su tiempo pero estos esfuerzos, creo, no pueden medir al genio. Vamos a aceptar que Freud es un genio.

Otra pregunta sería si Lacan fue o no un genio y si, pasada la relación Freud-Lacan, podemos decir ahora, tras su muerte, que fue un genio. Hubo gente, en vida de Lacan, que iba a decirle que era un genio. Tenemos la respuesta de Lacan. Considera­ba una injuria decir de él que era un genio. De entrada, Lacan nunca olvidó que él no era el inventor del psicoanálisis.

Pero hay más. Con el mismo concepto de genio en el siglo XVIII, se puede decir que hay un inconsciente del genio -esto puede verse en la definición de Kant- precisamente porque el genio no obedece a reglas previas. Se trata de un inventor que no puede comentar, no puede desarrollar cómo el genio produ­ce su producto, cosa que pertenece al concepto mismo de genio. Dice Kant que un genio no sabe cómo encontrar en él las ideas.

Esto tiene una relación con el inconsciente. Un genio no sabe cómo sus ideas se encuentran en él, es un lugar donde se producen cosas sin que el sujeto pueda decir cómo se producen.

No es una definición del psicoanálisis sino de la filosofía estéti­ca. Un genio no puede seguir un plan, no puede comunicar a los otros unas reglas que les permitan hacer cosas semejantes. Si Lacan consideraba una injuria decir de él que era un genio es porque eso era contrario al movimiento propio de su inves­tigación, es decir, al esfuerzo para saber, comunicar y enseñar cómo se producen las cosas en el psicoanálisis.

La relación entre Freud y Lacan es como la relación entre el genio y el gusto en Kant. Lacan sería el gusto. Kant dice que esa relación del gusto consiste en "pelar" las desviaciones del genio, afinar los excesos del genio. Es lo que el mismo Lacan formula cuando dice que la teoría de Freud está construida año a año, como una jungla, y que su tarea, la de Lacan, es trabajar en esa jungla, meterse en ese lugar para desbrozar la jungla freudiana.

¿Freud es como Newton o es más bien como Homero? Es decir, ¿se puede aprender a partir de Freud o es un poeta al que se puede admirar sin estar seguros de hacer las mismas cosas que él? Esta cuestión es muy importante. El genio, en el sentido de Kant, tiene su valor en el arte pero no en la ciencia. El esfuerzo de Lacan fue un esfuerzo para comunicar el psicoanálisis, para enseñar a Freud lo que llama el matema. Matema, en un primer sentido, significa lo que se puede ense­ñar, es decir, la dimensión no genial, no de invención sino de enseñanza. Por eso, precisamente, para Lacan es una injuria llamarle genio. El genio no es el hombre del matema ya que para el genio el matema es imposible. Es por esta razón que La­can, hacia el final de su vida, era un poco pesimista, pesimista en cuanto a transmitir como matema el psicoanálisis, pesimismo que puede leerse en las palabras de su última etapa, cuando decía que el trabajo de cada analista es el de reinventar el psico­análisis. Esto puede significar que no hay otra salida para el psicoanalista que ser un genio.

Es un chiste. Es un chiste expresar que un analista pueda ser un genio. Es un hecho de experiencia –podemos decirlo con seguridad– que los analistas no son genios. En verdad, en el aná­lisis es el analizante el que tiene vocación de genio.

 
El dispositivo analítico

La asociación libre es la invitación a ser un genio –un genio en el sentido kantiano–, es decir, a no obedecer reglas previas y a crear sus propios productos de palabras. La asociación libre es la invitación al paciente a que se despoje de su aprendizaje.

En la pintura hay también representaciones de genios –son esos genios pintados con alitas– que le vienen bien al psicoanálisis, por ejemplo Eros, el genio del Amor. A los analistas les gusta mucho creer que el psicoanálisis es amor, hasta tienen una pala­bra para ello: la transferencia. Hay ahí una identificación muy agradable para los psicoanalistas. Como creen que el súmmum del amor es la madre, están muy dispuestos a identificarse con ella. Pero hay analistas cuya posición es de neutralidad para im­pedir el genio Eros.

Ahora bien, lo que los psicoanalistas no pueden soportar es un segundo genio propuesto por Freud, el genio Thanatos. En palabras del mismo Freud, “Eros no va sin Thanatos”. Es

un hecho, sin embargo, que en la historia del psicoanálisis Thanatos no fue aceptado. Podemos contar con los dedos de una mano los analistas que aceptaron a ese genio que es Thanatos, el genio de la Muerte. La mayoría de los analistas anteriores a Lacan, incluso los discípulos más próximos a Freud, no pudie­ron aceptar al genio Thanatos. Pero nosotros vamos a ver de lo que se trata entre esos dos genios, Eros y Thanatos.

Podemos entender también el genio del psicoanálisis de la misma manera que Chateaubriand lo utiliza en su título El genio del cristianismo, es decir, el carácter propio, distintivo, del psi­coanálisis. Y podemos decir que los psicoanalistas no tienen genio pero que el psicoanálisis sí lo tiene. Es la invención de Freud, hacer funcionar una experiencia con gente que no son genios.

Con otro sentido, existe una expresión francesa, le génie du lieu –que algunos propusieron traducir como “el duende” y otros, literalmente, “el genio del lugar”– que es el genio que responde a las preguntas del oráculo. Freud, con su dispositivo clínico, obtuvo un genio del lugar. Este dispositivo comprende:

1. La asociación libre, la invitación a decir todo lo que se quiera sin obedecer a otra regla más que ésa.

2. La interpretación, del lado del analista.

3. La transferencia.

4. La respuesta peculiar del analista a ese fenómeno, su neutralidad.

En estos puntos se resume la estructura misma de la expe­riencia analítica. No importan mucho las diferencias teóricas cuando ese dispositivo es aceptado. Las desviaciones importan­tes en el movimiento psicoanalítico nunca fueron teóricas sino prácticas. Así ocurrió con Lacan y la IPA, ya que la ense­ñanza de Lacan tenía consecuencias prácticas en el análisis.

No importa lo que un analista piense, la neutralidad es pri­mordialmente una neutralización de su pensamiento. Lacan dice que la frase que da la posición del analista es "no pienso", cosa difícil de soportar. Por eso es necesario un análisis previo, para funcionar en la experiencia como analista, analista que no piensa. Es muy difícil no pensar, de eso hay múltiples evidencias.

En los inicios del psicoanálisis, los analistas creían tener la obligación de ser eruditos -por ejemplo, Ernest Jones- pero eso fue sólo al principio, un momento peculiar de la historia del psicoanálisis. Al comienzo hubo una Edad de Oro del psico­análisis, sus diez primeros años, en la que la interpretación te­nía efectos súbitos y espectaculares. Después vino un período de interrogación para saber cómo funciona un análisis. Fue el período que se conoce como el de los escritos técnicos, donde se trataba de hacer un análisis de la transferencia y que corres­pondió a los diez años siguientes.

Después de estos veinte años, los psicoanalistas tuvieron que reconocer que el psicoanálisis no funcionaba, que el genio del psicoanálisis había desaparecido. Es por ello que Freud tuvo que proponer, en 1920, nuevas fórmulas para tratar ese fenóme­no, fenómeno que era resultado de los efectos mismos de la práctica analítica sobre el inconsciente. Fue un hecho histórico, la desaparición del genio del psicoanálisis, y los síntomas ya no desaparecían de la misma manera en la que antes se podía espe­rar. A este efecto responde un efecto teórico de Freud, la llama­da segunda tópica, que marcó un momento de stasis, de parada del análisis.

Podemos decir con seguridad que para Freud la condición del genio del psicoanálisis es la ausencia del genio del analista y que la IPA es, actualmente, una Asociación para mantener la ausencia de genio en el psicoanálisis. Lacan decía a este respecto que la única misión de la Asociación Americana es obtener cien analistas mediocres, carentes de genio. Hay razones de estructu­ra para ello.

La invención de Freud no es la invención del inconsciente, la invención del genio de Freud es la invención del dispositivo analítico, es decir, un cierto modo de exponer la manifestación del inconsciente, de poner en acto la realidad del inconsciente en el fenómeno de la transferencia. Es una manera de reactivar el inconsciente.

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* Conferencia pronunciada en Santiago de Compostela el 24 de febrero de 1984. A la espera de viajar a Londres para asistir a una exposición titulada El genio de Venecia, Jacques-Alain Miller recibió la llamada telefónica en la que se le invitaba a realizar esta conferencia y a dar su título. Tal y como explicó en su introducción, Genio del psicoanálisis fue la primera idea que se le ocurrió como título y que causó su trabajo posterior para dar sentido a ese significante. La conferencia fue realizada en español. Transcrita y redactada por Miquel Bassols, Hilario Cid y Adolfo Jiménez.
   
  Esta conferencia fue publicada en El analiticón nº 1, 1986, pp. 5 - 16. Ed. Correo-Paradiso, Barcelona.
 
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