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#17 Enero / Febrero 2008
Año VII •  Número 17
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DOSSIER
El toxicómano es un sin-vergüenza
Por Ernesto Sinatra
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Las grietas de la vida
90 x 170 cm
Diana Chorne
En el estado actual del capitalismo, la soledad localiza el límite real a los semblantes del progreso universal y afecta las condiciones de satisfacción de cada uno. Estas consecuencias del rechazo de la castración que supone el discurso capitalista, presentan el obstáculo para un trabajo analítico con el toxicómano y tambien su alternativa para poder entrar en el mismo: que experimente la vergüenza por su condición de goce.
1. La globalización capitalista del consumo

Los procesos de <globalización> producen modificaciones del lazo social a ritmo de vértigo. Se han fracturado los dispositivos tradicionales de las relaciones de los individuos con el Estado -otrora protector-, pero no menos las de los hombres y mujeres entre sí. La soledad, síntoma social de la dispersión del lazo asociativo -empujada por el mercado y banalizada por el DSM con el nombre de "depresión"- localiza el límite real a los semblantes del progreso universal, los que inundan con su propaganda todas las regiones.

Asimismo las garantías -paradójicas, por cierto-- que el Dios judeo-cristiano prometía procurar, han resultado ser inexistentes. El silencio de los espacios infinitos que aterraba al filósofo (cuando los dioses desde los cielos dejaron de ofrecer signos a los humanos para que éstos guiaran sus actos), ha sido ocupado por la multiplicación de los objetos de la tecnología. La ciencia ha planetarizado al mundo sonorizando la soledad y el vacío del Dios-Uno, reemplazándolo por innúmeros gadgets -dispositivos tecnológicos comercializados a escala planetaria- ; producido el espectáculo de las diversas calles de ciudades cada vez más parecidas entre sí que ofrecen los mismos productos, a los que aún puedan comprarlos.

En la civilización occidental, el buen Dios ha caído del cielo, su apelación ha quedado casi reducida a aplicaciones rituales, o a un uso cínico-canallesco de su nombre por los gobernantes de turno, frecuentemente con motivaciones de mercado o, aún más grave, de expansión bélica, ‘Bush dixit’.

Valga el recuerdo de una publicidad de electrodomésticos en la que una mujer, ama de casa, lucía sobre su cabeza un halo luego de ser santificada gracias al empleo de un producto que se correspondía con la marca del comercial:¡¡ San-yo !! . En la banalidad del "yo mismo" de San-Yo, se prometía el acceso a la deidad...por vías del consumo de los productos del mercado.

El escepticismo generalizado del hombre occidental, la caída de los ideales que otrora sostuvieron el proyecto de vida de generaciones de jóvenes ha colapsado (aunque no desaparecido). Se ha denominado este estado de cosas como pos-modernidad, al suponer que los meta-relatos que organizaban de un modo sistemático la existencia de los individuos (marxismo y freudismo entre ellos) habrían dejado de ser eficaces, y que en su lugar sólo quedaría un vacío rodeado de escepticismo y anclado en el pragmatismo cotidiano.

La producción de indigentes y el desempleo crecen geométricamente y cae un ideal: el fin del trabajo no condujo a la <sociedad del ocio> que los especialistas vaticinaban, sólo llevó a la destrucción del tejido social -especialmente en los países más débiles, más dependientes de las leyes del mercado- y a confrontar cada vez más y de un modo más acuciante a los individuos con la soledad de su modo de gozar. Por eso la soledad globalizada, efecto de las políticas del imperio del mercado, afecta el rincón más íntimo de la subjetividad: las condiciones de satisfacción de cada uno.

Hemos destacado una particularidad del discurso capitalista: hacer creer que poseyendo los objetos de la tecnología, todo sería posible.El psicoanálisis descubre que los gadgets se introducen en el punto exacto de la falla estructural del sexo; desde ese lugar ofrece renovados modos de gozar, cada vez más próximos a la realización de una sexualidad virtual a la medida de cada uno, pero -además, y paradójicamente- cada vez más cerca del autismo.

 
2. El estrago generalizado: los individuos son el objeto del consumo

El papel de la madre es el deseo de la madre. Esto es capital. El deseo de la madre no es algo que pueda soportarse tal cual, que pueda resultarles indiferente. Siempre produce estragos. Es estar dentro de la boca de un cocodrilo, eso es la madre. No se sabe qué mosca puede llegar a picarle de repente y va y cierra la boca. Eso es el deseo de la madre...Entonces, traté de explicar que había algo tranquilizador...Hay un palo, de piedra por supuesto, que está ahí, en potencia, en la boca, y eso la contiene, la traba. Es lo que se llama el falo. Es el palo que te protege si, de repente, eso se cierra
Jacques Lacan

Al leer esta cita del Seminario de Jacques Lacan de marzo de 1970, comprobamos algo extraño: en términos de madre-cocodrilo y padre-palo estaríamos en presencia de un mito, un mito lacaniano del Edipo -supongámoslo así por un momento, como así también que Lacan se referiría aquí sólo a las mujeres como objetos de devoración, forzando la lectura en este punto, ya que el objeto de consumo se halla indeterminado en la referencia.

Sería algo así como un mito del consumo lacaniano, que alienaría a la mujer en la madre, mito que haría de contrapunto al mito freudiano del consumo que aliena al hombre al padre: el mito del padre de la horda.

De ser así, estaríamos aquí frente a una relación complementaria donde las mujeres se enfrentarían a la madre con la heroica ayuda del padre, mientras los hombres harían lo propio, con un agregado, ya que luego de matarlo lo conservarían al manducarlo como deidad -o totem, emblema de la tribu-.

No se trata de un mito lacaniano.

Después de todo, si Jacques Lacan ha podido decir de una madre que puede ser un cocodrilo es porque el ‘cocodrilo lacaniano’ debe ocupar alguna función en relación con la economía libidinal de un sujeto. Vistiéndolo con otra figura que con el manto edípico de Sófocles, Lacan les recordó a las mujeres lo que ellas ya sabían: que una madre siempre puede transformarse en un estrago, que una madre siempre está a un paso de devorarlas; y esto, más allá de las buenas intenciones de las implicadas. Los estragos de la relación madre-hija se hicieron sentir mucho tiempo antes del descubrimiento por Freud de la existencia de la fase pre-edípica en la mujer.

Podemos dar un paso más y situar el estrago en Freud a partir del aserto de Lacan en su Seminario "Joyce, El Sinthome" de la clase del 17-2-76:

Si una mujer es un sinthoma para todo hombre,[…] Se puede decir que el hombre es para una mujer […] una aflicción peor que un sinthoma... incluso un estrago.

En "El tabú de la virginidad" Freud afirma que un hombre puede ser fuente de desdicha para una mujer por ocupar en el inconsciente de ésta el lugar de la madre :

Creo que no puede menos que llamar la atención del observador el número insólitamente grande de casos en que la mujer permanece frígida y se siente desdichada en un primer matrimonio, en tanto que tras su disolución se convierte en una mujer tierna, que hace la felicidad de su segundo marido. La reacción arcaica se ha agotado, por así decir, en el primer objeto.

Ergo, el estrago pasa de la madre al marido. Freud agrega que un segundo marido le permitiría a la mujer liberarse de la adhesión al objeto materno, fuente real del estrago. Las consecuencias que se sigan de esta observación, se las dejo a ustedes (no quisiera ser responsabilizado de abandonos conyugales).

Por otra parte, Lacan asignó al padre la misma función que cabe al lenguaje, es decir, la función de nombrar, ser el ‘palito’ -permítanme la irreverencia- que adjudica lugares y organiza las posiciones -permitidas y proscriptas- en los sucesivos juegos de lenguaje. Por ello Jacques Lacan hace del ‘nombrar’ la función por antonomasia del padre; lo llamará no ya el nombre del padre sino -jugando con un quiasma retórico- el padre del nombre.

A esta altura se entenderá más que el padre ha sido reducido a un nombre del lenguaje que indica un límite preciso al goce, es decir al cocodrilo. Y esto contra el hecho de que los humanos muchas veces no hacen mucho más que pasar buena parte de sus vidas hablando de ‘papá’ y ‘mamá’, adjudicándoles a ellos -y a los que ocupan su lugar en las respectivas desinencias metafóricas y metonímicas, es decir al que llamamos genéricamente ‘el Otro’- la causa de sus padeceres. Este desvío -tan normal- de acusar al Otro por los infortunios de Uno, permite rechazar el saber inconsciente con el que Uno -al decidir la vía del análisis- podría verificar los efectos que el goce -y ya no el Otro de la realidad- produjo sobre su cuerpo y/o su pensamiento.

Estamos hablando del fantasma, figuración de la existencia del Otro (llámeselo cocodrilo, madre o como se quiera), extraña ficción del goce de cada uno que sostiene el cuento de los humanos como objetos de devoración que acabo de contarles... y el que Lacan acaba de contarnos.

Hemos pasado del consumo guignolesco de cuerpos consumidos por cocodrilos y por salvajes, a otro consumo: al de nombres distribuidos en el campo de lenguaje, y lo hemos hecho sin solución de continuidad, ya que cuando Lacan descubre la impostura del padre como agente de la ley, es decir cuando él nos hace saber que el padre, en verdad, cumple una función de semblante, la palabra deviene tan portadora de satisfacción como la boca del cocodrilo y el campo del lenguaje se transforma en una pluralización de goces diversos.

Pero si seguimos a la letra la ficción del cocodrilo, más allá de sus vestimentas imaginarias, podemos deducir que aquí Lacan extiende el estrago de la relación madre-hija a la especie humana.

Hablaremos, entonces, del estrago generalizado, para localizar el verdadero síntoma social que caracteriza a la vida contemporánea del discurso capitalista: los individuos son el verdadero objeto del consumo.

 

3. El toxicómano, paradigma del individuo pos-moderno

En el final de los años ’60 Jacques Lacan escribió el discurso capitalista, a partir de una modificación del discurso del amo:La promoción de un sujeto sin marcas, un individuo anónimo, situado como agente de la operación, para quien todo se habría vuelto posible. Lacan llama rechazo de la castración a este rasgo decisivo de la subjetividad pos-moderna, rasgo que fundamenta la modalidad discursiva del capitalismo: "para tí, todo es posible, con la posesión de los bienes que te ofertamos no te faltará nada y serás feliz" (aunque más de un consumidor potencial deba refregar la ñata contra el vidrio de los escaparates mirando lo que no puede comprar). En lugar de la castración forcluída, hay privación en lo real: la barra no cae sobre el sujeto sino sobre los cuerpos de los individuos. Cuerpos barridos en lugar de sujetos barrados.

Llegados a este punto: ¿quién quiere saber sobre las consecuencias de sus actos? -y si fuera el caso, ¿quién se avergüenza por sus consecuencias?- ; ¿a quién le importa hoy, de verdad, su causa: la singularidad real del goce en el que cada Uno se sostiene? ¿A quién le interesa cuál es el significante con el que ha mantenido sus diferencias -hasta hoy infranqueables- con prójimos y semejantes?; ¿quién está dispuesto a interrogar los efectos producidos por la marca individual que -a pesar de todos los esfuerzos del mercado- no se puede reabsorber en el universal anónimo de las masas y que se manifiesta en la fortaleza vacía del ‘yo mismo’ pero repleta de bienes de consumo (San-yo)?

La formulación misma de estas interrogaciones va -exactamente- en el sentido contrario del discurso capitalista, regido por el par costo-beneficio.

Para nosotros, desde la práctica del psicoanálisis tenemos una respuesta a aquellas interrogaciones: un analizante; es él quien, como sujeto de la experiencia, sostiene el honor de la interrogación sobre sus condiciones de satisfacción; el que tiene la vergüenza necesaria para cuestionar su relación con los significantes amos de su goce.

En el inicio de los ’70 Jacques Lacan afirmó :

Morir de vergüenza es un afecto que raramente se consigue...Esto es lo que descubre el psicoanálisis. Con un poco de seriedad, advertirán que esta vergüenza se justifica por no morir de vergüenza, es decir, por mantener con todas sus fuerzas un discurso del amo pervertido...[1]

Jacques-Alain Miller[2] emplea este comentario[3] para destacar un rasgo de la pos-modernidad: la desaparición actual de la vergüenza, y descubre en esta falta un límite de la práctica analítica. Ya que, por ejemplo: ¿cómo avergonzar al capitalista que ríe mientras contempla el producto de su goce sin inmutarse? Es imposible: si no hay vergüenza, no hay análisis posible, concluirá Miller.

Siguiendo su orientación, llamamos analizante al sujeto que respeta su propia singularidad -así como la de los otros- al llevar adelante su interrogación acerca de sus condiciones de goce con la vergüenza y la culpa, de tal modo que se decide a contrariar el imperativo del amo pos-moderno, por más que éste le prometa, apropiándose también de esas pintadas del mayo francés del ’68: <no te preocupes, ahora está prohibido prohibir, todo te está permitido>.

Pero un analizante, cuyo deseo se hallare articulado con el del psicoanalista, podría apostar a ir más allá de su sufrimiento personal; entonces, tal vez decidiera tomar el relevo de aquél que condujo esa experiencia hasta ese punto. Tendríamos de este modo: un analizado; es decir, aquel sujeto advertido de sus condiciones de goce y de sus efectos sobre prójimos y semejantes.

Esta respuesta quizás sólo sea para algunos, no para todos. Pero el no-todo que se configura de este modo seguramente es una salida más interesante que la propuesta por el discurso capitalista.

La ética del psicoanálisis espera en este punto -es decir, en el final del análisis-, también, al analista.

Desde esta perspectiva, el toxicómano adviene como un signo que define la época: él es el partenaire-síntoma del capitalismo pos-moderno. Él es quien, por excelencia, no se avergüenza de su goce, él es aquél que lo muestra hasta el extremo de inventarse un ser a partir de una nominación que le viene como anillo al dedo desde el Otro social para seguir gozando en el autismo tóxico.

La apuesta analítica consiste en ofrecerle otra salida que la que ya ha elegido con la substancia tóxica del goce, pero para ello deberá avergonzarse como cualquiera, es decir, como cada analizante.

Ernesto Sinatra es psicoanalista, AME de la EOL (Escuela de la Orientación Lacaniana) y de la AMP (Asociación Mundial de Psicoanálisis).
1- Lacan, Jacques, Seminario 17, El reverso del psicoanálisis, Paidós, Bs.As., 1992, pág. 198.
2- Agradezco a mi amigo Leonardo Gorostiza, quien me facilitó esta referencia.
3- Miller, Jacques-Alain : Curso de la orientación lacaniana - El desencanto del psicoanálisis (inédito). Clase XX ; 5 de junio del 2002.
 
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