Julio-Agosto   2016 • Año XV
#32
AMORES Y PASIONES
Pasión por la pelota
Jorge Castillo
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After Guernica
Fotografía intervenida sobre alto impacto
120x100 cm | 1997

Cuánta felicidad la del niño que patea la pelota. ¡Qué júbilo cuando al hacerlo, cruza la mirada satisfecha de su padre! Un verdadero encuentro que no es solo instante sino que promete una vida de alegrías. La pelota, claro, pide un agujero. No alcanza con golpearla, hay que meterla en un agujero. Cuando esto ocurre, se ha alcanzado la meta ¡Gool! se eleva el grito enloquecido de las multitudes masculinas. Por supuesto que las mujeres están también invitadas al festín de la pelota… pero juegan siempre de visitantes pues la pasión de los hombres por la pelota es un hecho de estructura que los define. Desde los griegos y los aztecas. Una pasión que va mucho más allá del campo deportivo y se extiende al amor y a la guerra.

Los deportes tienen la capacidad de funcionar como un sustituto del amor –particularmente el amor a una mujer– y fueron hechos para reemplazar a la guerra. Esto es algo que el capitalismo captó rápidamente. Las ligas y reglamentos de los deportes que son hoy los más populares fueron creados con la revolución industrial. Efectivamente, la captación libidinal de los juegos de pelota fue un instrumento privilegiado en la normatización de la nueva clase proletaria. El pasaje de sociedad a población, que Foucault señala en su Historia de la sexualidad como nacimiento del biopoder, implicó la puesta en marcha de una serie de mecanismos de control. La regulación de la vida privada se volvió una cuestión de estado y eso incluyó por supuesto a los deportes, que debían civilizarse a los fines de prevenir catástrofes pues la turba enloquecida amenazaba ya con masacrarse a sí misma en los parques. Claro que inmediatamente estos mecanismos de control, como las ligas y los reglamentos, se demostraron un excelente negocio. Lo que un proletario ganaba en la fábrica, lo gastaba entre la cantina y el estadio. Lo "fanáticos", los hinchas, los simpatizantes, se transforman en una gran manada cuyo cencerro es la pelota y a la que se puede ordeñar hasta la última gota. Aprovechamiento integral de un fenómeno de goce del que el psicoanálisis puede dar cuenta a partir de una lógica propia. Es lo que Lacan destaca al emparentar su objeto pequeño a –en su vertiente de plus de gozar– con la plusvalía de Marx. Pero ese objeto insensato que no tiene espalda, tiene sin embargo más de una cara. Veamos.

 

Goles son amores

¿Cuál es el encanto de la pelota? Pues es ella la verdadera estrella ¿Dónde radica semejante magnetismo? Propongo: en su geometría esférica, el eterno arquetipo.

En el capítulo VI del Seminario La Transferencia –que Miller titula "la irrisión de la esfera"– Lacan, en el marco general de su comentario sobre El Banquete de Platón, se detiene en lo que se conoce como el mito de Aristófanes. La interpretación que hace Lacan es que Platón, un amo de antaño, se burla de la vieja historia de los seres redondos que fueron partidos por la mitad, poniéndola en boca del bufón Aristófanes, quien era en la vida real un comediante tenido como el máximo exponente del género cómico. La sola introducción de este personaje es una señal para que el lector sepa que es el momento de tomar las cosas para la risa. Esta es una indicación válida para Platón pero también para Lacan y su exégeta: cuando de esferas se trata, estamos en el terreno de la comedia. El verdadero blanco de la burla es en verdad la idea rectora de la época y del propio sistema de pensamiento de Platón –se trata de un ejercicio cómico de El Banquete contra Timeo– cuyo eje es la idea de la esfera como forma de la perfección y del orden supremo. Una forma que se ama a sí misma y que es a la vez modelo del universo y sus astros en movimiento circular eterno. Un mundo redondo con seres redondos y relaciones redondas, donde las media-naranjas podrían encontrarse y encajar como el yin y el yang, hacer la cuenta fantástica en la que sumando dos se puede hacer uno. Cuerpos esféricos en los que cualquier punto de su superficie está equidistante del centro, que es uno y solo uno. Aquí es Lacan el que se burla…

"La referencia astronómica es cierta y segura" [1] nos dice, para conducirnos a lo que verdaderamente está en juego en "estas formas en las que nada sobresale y nada se deja agarrar": [2] un artilugio imaginario detrás del cual subyace la Verwerfung de la castración. La vida toda de un hombre puede girar alrededor de esto.

En este punto el hombre no deja nunca de ser como Juanito –que es por otra parte la referencia clínica del discurso de Aristófanes según Lacan– buscando un lugar seguro para el hace-pipí.

 

La pelota no se mancha

En la enseñanza de Lacan ya encontrábamos tempranamente esta aspiración a la esfera en el estadio del espejo y más adelante en los aparatos ópticos que lo desarrollan e ilustran. Lo que está allí en el centro de la escena es la naturaleza estallada del cuerpo humano, por efecto de su encuentro con el lenguaje. La vida del animal que habla nos es presentada como una experiencia caótica, inefable e incluso insoportable, que encuentra con júbilo, con gran alegría, en la imagen especular, un continente para esas flores del mal que son los objetos pulsionales en el desorden del autoerotismo. Lacan nos dibuja aquí como florero una vasija redonda.

Así, la primera esfera es entonces la imagen del cuerpo propio. De allí en adelante vendrán todas las identificaciones, que no son más que "cárceles del goce". La larga serie de los objetos que constituyen el mundo del hombre, del cual la pelota no es más que uno de ellos. Pero uno privilegiado. Ya desde Freud y su observación del juego infantil del fort–da, donde lo que hace de pelota es un carretel. Lacan dirá que no es la madre lo que metaforiza el carretel sino el niño mismo pero en su condición de objeto abyecto pero ya rodeado de los paréntesis del i(a) que lo hacen amable.

Dice Lacan en el Seminario La Angustia: "Por eso este a que en el amor ya no se tiene, se lo puede reencontrar por vía regresiva en la identificación, en forma de identificación con el ser. Por eso Freud califica exactamente con el término de regresión el paso del amor a la identificación". [3]

Es interesante pensar, si seguimos esta lógica, que los millones de personas en el mundo entero que miran por ejemplo a nuestro Messi jugar a la pelota, contra lo que piensa el sentido común, no quieren ser como Messi. Lo aman pero no se identifican con él sino con la pelota. Jugar a la pelota es hacerse pelota uno mismo, o para decirlo más exactamente, para jugar a la pelota hay que imaginarse primero al "sí mismo" como un ser esférico.

El juego de la pelota resume así un sueño, una aspiración a la forma geométrica perfecta, que no se mancha ni se dobla, que permanece imperturbablemente eterna. Detrás de este anhelo se esconde el olvido del goce indomeñable que habita el cuerpo.

Quizás por eso las mujeres han sido históricamente excluidas del juego de la pelota, por haber encarnado ese goce en el discurso social. Que hoy haya tantas mujeres corriendo detrás de una pelota, no es un efecto directo de la feminización del mundo sin el ejercicio de un derecho bien ganado, el de comportarse como hombres.

NOTAS

  1. Lacan, J., El Seminario, Libro 8, La transferencia, Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 112
  2. Ibíd.
  3. Lacan, J., El Seminario, Libro 10, La angustia, Paidós, Bs. As., 2006, p. 131
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